domingo, 3 de mayo de 2020

Luis Cernuda: Díptico español


España es uno de los grandes temas de nuestra literatura.
Luis Cernuda, desde el exilio, dedica a España un intenso poema de amor y desamor con el título de Díptico español, que se contiene en  el poemario Desolación de la quimera.  Tiene dos partes: «Es lástima que fuera mi tierra» y «Bien está que fuera mi tierra».
El tono de reflexión intelectual del lenguaje de Cernuda fue un modelo para la poesía española a parir de los años sesenta..
 (Selección del poema e introducción de Carlos Nuño)
Díptico español
A Carlos Otero.
I. Es lástima que fuera mi tierra
Cuando allá dicen unos
Que mis versos nacieron
De la separación y la nostalgia
Por la que fue mi tierra,
¿Sólo la más remota oyen entre mis voces?
Hablan en el poeta voces varias:
Escuchemos su coro concertado,
Adonde la creída dominante
Es tan sólo una voz entre las otras.
Lo que el espíritu del hombre
Ganó para el espíritu del hombre
A través de los siglos,
Es patrimonio nuestro y es herencia
De los hombres futuros.
Al tolerar que nos lo nieguen
y secuestren, el hombre entonces baja,
¿Y cuánto?, en esa dura escala
Que desde el animal llega hasta el hombre.
Así ocurre en tu tierra, la tierra de los muertos,
Adonde ahora todo nace muerto,
Vive muerto y muere muerto;
Pertinaz pesadilla: procesión ponderosa
Con restaurados restos y reliquias,
A la que dan escolta hábitos y uniformes,
En medio del silencio: todos mudos,
Desolados del desorden endémico
Que el temor, sin domarlo, así doblega.
La vida siempre obtiene
Revancha contra quienes la negaron:
La historia de mi tierra fue actuada
Por enemigos enconados de la vida.
El daño no es de ayer, ni tampoco de ahora,
Sino de siempre. Por eso es hoy.
La existencia española, llegada al paroxismo,
Estúpida y cruel como su fiesta de los toros.
Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo
En creer que la razón de soberbia adolece
y ante el cual se grita impune:
Muera la inteligencia, predestinado estaba
A acabar adorando las cadenas
y que ese culto obsceno le trajese
.Adonde hoy le vemos: en cadenas,
Sin alegría, libertad ni pensamiento.
Si yo soy español, lo soy .
A la manera de aquellos que no pueden
Ser otra cosa: y entre todas las cargas
Que, al nacer yo, el destino pusiera
Sobre mí, ha sido ésa la más dura.
No he cambiado de tierra,
Porque no es posible a quien su lengua une,
Hasta la muerte, al menester de poesía.
La poesía habla en nosotros
La misma lengua con que hablaron antes,
y mucho antes de nacer nosotros,
Las gentes en que hallara raíz nuestra existencia;
No es el poeta sólo quien ahí habla,
Sino las bocas mudas de los suyos
A quienes él da voz y les libera.
¿Puede cambiarse eso? Poeta alguno
Su tradición escoge, ni su tierra,
Ni tampoco su lengua; él las sirve,
Fielmente si es posible.
Mas la fidelidad más alta
Es para su conciencia; y yo a ésa sirvo
Pues, sirviéndola, así a la poesía
Al mismo tiempo sirvo.
Soy español sin ganas
Que vive como puede bien lejos de su tierra
Sin pesar ni nostalgia. He aprendido
El oficio de hombre duramente,
Por eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero
No volver a una tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser la mía,
cuyas maneras rara vez me fueron propias,
Cuyo recuerdo tan hostil se me ha vuelto
y de la cual ausencia y tiempo me extrañaron.
No hablo para quienes una burla del destino
Compatriotas míos hiciera, sino que hablo a solas
(Quien habla a solas espera hablar a Dios un día)
O para aquellos pocos que me escuchen
Con bien dispuesto entendimiento.
Aquellos que como yo respeten
El albedrío libre humano
Disponiendo la vida que hoy es nuestra,
Diciendo el pensamiento al que alimenta nuestra vida.
¿Qué herencia sino ésa recibimos?
¿Qué herencia sino ésa dejaremos?
Luis Cernuda (1902-1963)
De su obra: Desolación de la quimera, 1956-1962


ESCUCHA EL POEMA (en la voz de Tomás Galindo):


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1 comentario:

  1. Un lector superficial pudiera interpretar este poema como antiespañol, la obra de un renegado.
    Poeta de todos y de ningún lugar, Luis Cernuda había huido de su casa y de su calle, de su barrio y de su ciudad para encontrarse sólo en su propia tierra de poeta.
    No puede leerse la primera parte del Díptico español sin completarla con la segunda, «Bien está que fuera tu tierra».

    II. Bien está que fuera tu tierra

    Su amigo, ¿desde cuando lo fuiste?
    ¿Tenías once, diez años al descubrir sus libros?
    Niño eras cuando un día
    En el estante de los libros paternos
    Hallaste aquéllos. Abriste uno
    Y las estampas tu atención fijaron;
    Las páginas a leer comenzaste
    Curioso de la historia así ilustrada.

    Y cruzaste el umbral de un mundo mágico,
    La otra realidad que está tras ésta:
    Gabriel, Inés, Amaranta,
    Soledad, Salvador, Genara,
    Con tantos personajes creados para siempre
    Por su genio generoso y poderoso.
    Que otra España componen,
    Entraron en tu vida
    Para no salir de ella ya sino contigo.

    Más vivos que las otras criaturas
    Junto a ti tan pálidas pasando,
    Tu amor primero lo despertaron ellos;
    Héroes amados en un mundo heroico,
    La red de tu vivir entretejieron con la suya,
    Aún más con la de aquellos tus hermanos,
    Miss Fly, Santorcaz, Tilín, Lord Gray,
    Que, insatisfechos siempre, contemplabas
    Existir en la busca de un imposible sueño vivo.

    El destino del niño ésos lo provocaron
    Hasta que deseó ser como ellos,
    Vivir igual que ellos
    Y, como a Salvador, que le moviera
    Idéntica razón, idéntica locura,
    El seguir turbulento, devoto a sus propósitos,
    En su tierra y afuera de su tierra,
    Tantas quimeras desoladas
    Con fe que a decepción nunca cedía.

    Y tras el mundo de los Episodios
    Luego el de las Novelas conociste:
    Rosalía, Eloísa, Fortunata,
    Mauricia, Federico Viera,
    Martín Muriel, Moreno Isla,
    Tantos que habría de revelarte
    El escondido drama de un vivir cotidiano:
    La plácida existencia real y, bajo ella,
    El humano tormento, la paradoja de estar vivo.

    Los bien amados libros, releyéndolos
    Cuántas veces, de niño, mozo y hombre,
    Cada vez más en su secreto te adentrabas
    Y los hallabas renovados
    Como tu vida iba renovándose;
    Con ojos nuevos los veías,
    Como iban viendo el mundo.
    Qué pocos libros pueden
    Nuevo alimento darnos
    A cada estación nueva en nuestra vida.

    En tu tierra y afuera de tu tierra
    Siempre traían fielmente
    El encanto de España, en ellos no perdido,
    Aunque en tu tierra misma no lo hallaras.
    El nombre allí leído de un lugar, de una calle
    (Portillo de Gilimón o Sal si Puedes).
    Provocaba en ti la nostalgia
    De la patria imposible, que no es de este mundo.

    El nombre de ciudad, de barrio o pueblo,
    Por todo el español espacio soleado
    (Puerta de Tierra, Plaza de Santa Cruz, los Arapiles,
    Cádiz, Toledo, Aranjuez, Gerona),
    Dicho por él, siempre traía,
    Conocido por ti el lugar o desconocidp
    Una doble visión: imaginada y contemplada
    Ambas hermosas, ambas entrañables.

    Hoy, cuando a tu tierra ya no necesitas,
    Aún en estos libros te es querida y necesaria,
    Más real y entresoñada que la otra:
    No ésa, mas aquélla es hoy tu tierra.
    La que Galdós a conocer te diese,
    Como él tolerante de lealtad contraria,
    Según la tradición generosa de Cervantes,
    Heroica viviendo, heroica luchando
    Por el futuro que era el suyo,
    No el siniestro pasado donde a la otra han vuelto.

    La real para ti no es esa España obscena y deprimente
    En la que regentea hoy la canalla,
    Sino esta España viva y siempre noble
    Que Galdós en sus libros ha creado.
    De aquélla nos consuela y cura ésta.

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